De febrero a septiembre de 2013 hay un pequeño agujero negro en mis redes sociales. Necesitaba focalizar mi atención en cosas más importantes y opté por cerrar mi alter ego en la red.

Desde el minuto uno se nota la mejoría, estás más centrado. Tras el primer día notas la cantidad de tiempo extra que ganas y relativizas todo lo que pasa allí dentro, las discusiones absurdas, las obsesiones, fruto en gran medida por la falta de empatía y la descontextualización del mensaje. No sabemos escribir en las redes y no sabemos interpretar estos mensajes, pero sólo es cuestión de tiempo, de adaptarnos, y entenderemos y toleraremos cosas que hoy en día aún nos chocan.

Desarrollé una obsesión por conseguir tiempo extra, y eso que había ganado bastante con el «apagón». Optimicé todas mis herramientas de gestión para conseguir más tiempo. Me dio la sensación que era más fácil todo, quizá por aquello de estar focalizado.

Pasé a comunicarme con la gente por correo, teléfono y en bares con una cerveza delante. Sabia más de mis amigos, también de los lejanos y las conversaciones tenían más calidad. Las redes generan una falsa sensación de «saber de alguien», en realidad sólo sabes lo que quieren que se sepa públicamente.

Estar fuera de las redes me resultó irónicamente adictivo. Pero ahora, vuelvo a las redes, con otra actitud (creo), porque me voy físicamente.